COLABORACIONES

Dolor de forma real

Cuando acabas de cumplir 21 años, lo único que esperas de la vida es un futuro próspero, terminar la universidad, realizarte como profesional y finalmente, conseguir cosas tanto materiales como no materiales, ya sean reconocimientos, premios, ascensos; pero lo que nunca esperas cuando el día anterior has cumplido 21, es perder a tu papá y de forma tan repentina.

Soy Daniela Galdames y estos son mis cuatro años de aprendizaje posteriores a la muerte de quien me diera la vida.

Si en serio me estás leyendo, trataré de encontrar las palabras precisas, y sin quebrarme, para poder contar un poco sobre la trágica forma en que murió mi papá:

Hugo Galdames Seguel falleció un día 27 de marzo del año 2012 por manos de dos delincuentes, quienes intentaron robarle su vehículo camioneta en la puerta de mi casa. Al no poder obtener su cometido, uno de ellos le dispara a quemaropa en presencia mía y la de mi mamá. Cuando pasan este tipo de cosas que sólo ves y escuchas en las noticias, no crees que realmente te pueda estar pasando a ti. Llamar a una ambulancia es el primer paso y a lo que uno primero acude, temblorosa y aún pensando que es una pesadilla de la cual se puede despertar. Pero, ¿qué pasa cuando la pesadilla recién está empezando?

Vivir la fuerte experiencia de que él muriera en mis brazos, a pesar de lo fuerte que suena, ha sido lo que me ha dado fuerza para continuar día a día.

Sin poder retener nada, ni tampoco procesar, los días posteriores con mi familia decidimos tomarlos en soledad. Nuestro núcleo había sufrido una pérdida y se vio reducido, pues no tenía sentido tener a más familiares acompañándonos si tarde o temprano, el núcleo se quedaría sin su pilar.

Con la venida de los días posteriores, el terremoto fue aumentando su intensidad, pues bien, ahora venía enfrentar la vida nuevamente. Siempre digo que todos estos años han sido de un largo aprendizaje porque fue ahí, en ese momento y no antes que conocí en realidad a la gente que me rodeaba. Perdí a muchos amigos; pero gané muchos más que se dieron el tiempo y la paciencia para poder escucharme, para contenerme y por sobre todo, para volver a hacerme sonreír.

Vivir el dolor de forma real nunca se había sentido tan de forma genuina, porque es algo que no se supera con nada. Si nos ponemos a medir el dolor, el perder a uno de tus padres es quedarte vacío, porque una parte de ti se va para siempre.

En mi caso personal, antes de que falleciera mi papá, creo que pude lograr conectarme de tal forma que aún recuerdo (y se me llenan los ojos de lágrimas) que podíamos hablar sin decir una sola palabra y fue de la misma forma en que nos despedimos ese día, sin decir una sola palabra; pero sabiendo en el fondo que él había dado la vida por mi y por mi mamá.

- ¿Qué es lo que más extraño de él?

- Pues, que al llegar a casa y me de un gran abrazo; que me diga que lo que estoy haciendo esta mal y que haga todo por solucionarlo. El día a día,  y por sobre todo, comunicarnos sin decir una sola palabra.

Y desde ahora en adelante, todo lo que pueda decir, está demás.

Colabora: Daniela Galdames


Prospectos de muerte

Si se me pidiese hacer un examen de la causa de mi muerte, diría que la soledad es a lo que todo se remite. Las palabras no hacen más diferencia que un atisbo del hermoso y lejano retrato de mi angustia, retoques exquisitos de una conciencia perfecta. Se nos han  legado solo fragmentos, y las formas posibles de articular aunque sea solo una imagen o palabra que perdure nos abraza el cerebro.

Por ahora el humo y el insomnio condensan mis ánimos, y las ansias de mi retrato perdurable se hermanan con mi desidia. Mis defectos congénitos quizás demanden constante amor humano para que la necesidad de volver el cerebro a los fragmentos desaparezca. Pero ese amor ha de pasar por mí, y la intolerancia a su ausencia ha de distorsionar su presencia, y los fragmentos han de constituir el esqueleto de mi forma humana, por siempre. 

No cabe nombrar las disciplinas y doctrinas humanas desperdigadas por la historia, pero todos sabemos que no son más que un punto de partida en el vacío. Más allá de su utilidad en la organización social y el ordenamiento del saber, cada individuo deberá afrontar su existencia como inicio y término del universo. Con suerte hallará unos cuantos pilares que le darán consistencia a su camino; el lenguaje serán sus pies, y las posibles sendas su tormento. Todo cuanto necesite saber lo hallará distorsionado de mil formas, y deberá entrar al terreno común y amalgamoso de sus hermanos.  

Yo por mi parte siento de alguna forma la comunión de mi espíritu y el de la humanidad. Soy un vidente de la minoría acomodada en Atenas del siglo IV A.C, de un pueblo bárbaro en el siglo VII, hijo de un chamán inca en el siglo XIV, poderoso dueño de un charco de agua en el siglo XXIII.

Colabora: Iñaki Barasorda


Cuando perdi a Luz

Fue un 12 de mayo. Una mañana otoñal de sol bipolar. Medio esquivo con sus rayos, en un momento congeló el día. Tan frío el viento en Codigua como el decidido caño en la sien. De frente a la ventana, mirando un paisaje de árboles frutales secos, desnudos, que con su ropa cubrían la tierra húmeda. Hermoso y muerto. Muerto y en paz.

Atrás quedarían las noches de llorar ríos, los días de soledad de la amiga que nadie quiso tener. Esperar al marido que muy entrada la noche llegaría borracho, con olores ajenos. Atrás quedarían todas las sospechas de amoríos con la secretaria o con uno que otro hombre de por ahí. Porque sí, él nunca tuvo resuelta su sexualidad, pero pese a eso tuvo dos hijos y vivió casado durante años. Quizás por eso tomaba tanto.

Atrás también la indiferencia de la nieta mayor, el hermano alcohólico, el hijo deprimido, la hija sin paciencia. Atrás la columna recién operada que aún dolía. Atrás la dueña de casa que no tuvo opción de separarse producto de la dependencia económica que le regaló la sociedad machista. Atrás el último día de la madre en Pomaire. Muy lejos, la desolación de un campo hermoso pero solitario que habitó a la fuerza cumpliendo el sueño de otro.

Afuera el marido, cosechando los limones. En Villa Grimaldi la nieta, sintiendo la muerte. En la oficina la hija, trabajando como madre soltera. En algún lugar de Santiago el hijo, vendiendo ropa. En la pieza ella, con el dedo en el gatillo del revólver, diciendo adiós.

Esta vez decidida, no como hace unos cuantos años atrás cuando el efecto de la sobredosis le dio tanto miedo que llamó a su hija pidiendo ayuda. Esta vez buscó un método infalible. Un disparo bien dado que la dejó en el suelo, como las hojas secas que miró por última vez por la ventana. Todo en su vida fue mirar por la ventana.

Un fuerte e irreconocible sonido hizo que el marido tirara el canasto de limones cosechados y corriera a casa. “¿Carmen Luz?”. Nadie contestó. La Luz de Carmen se había apagado. Desesperado buscó un espejo para ponerlo cerca de su boca y ver si aún respiraba. Nada. No lo entendía, no lo aceptaba. Llamó a una ambulancia, llamó a la hija para decirle que su mamá había tenido un accidente. No le dijo ninguna verdad. Así todos nos fuimos enterando de que mi abuelita estaba muerta.

El viaje en micro, el viaje en taxi, todo es un recuerdo borroso. Menos el momento en el que entré a la oficina de mi mamá. Aún la veo patalear y pegarle combos al aire, tirándose al suelo cual niña, como si el berrinche hiciera que su dios se la devolviera. Recién se había enterado. Me vio entrar y corrió a abrazarme. “Se pegó un tiro”, me dijo. Sus lágrimas empapaban mi ropa. Lloramos abrazadas, tratando de encontrar sosiego a esa herida inmensa que recién empezaba a crecer, a un vacío que iba llenando la culpa.

Partimos al campo, como todos los fines de semana, pero esta vez ya no la veríamos. Mi mamá empuñaba una foto de ella y me abrazaba. Yo sólo pensaba en que me llamaba seguido pero yo nunca tenía tiempo para escucharla porque estaba ocupada siendo melodramática con cualquier cosa.

Mi tío inexpresivo, abrazos de gente que no reconocía, los del Servicio Médico Legal tirando los guantes con sangre en el patio, el corazón desgarrado, la lluvia, un viejo preguntando por el calibre de la pistola, yo sin querer verla, el viento al que le rogué que se llevara mi pena, mi tata sin querer irse porque esperaba que esa noche ella fuera a buscarlo. Así perdí a mi abuelita. Por una determinación como cualquier otra que tomó sobre su vida, pero que hasta hoy no soy lo suficientemente generosa para aceptar.

Colabora: Camila Rebolledo


Cuatro Estaciones

 I. Desgarro del alma

La vieja de vestido negro,
(la parca de filosa tijera)
tiene todos los nombres en su lista
sabrá ella cuando se corta uno de los millones de hilos.

Y ese hilo
no se pierde solitario.
Se le desbarata el ánima
a la familia unida
o al quiltro de orejas gachas,
cuando parta la más linda de las niñas
y el más ermitaño vagabundo.

 

Maldita llamada,
qué daríamos por no contestarla.
Lo sabe quién perdió a una persona amada
cuán difícil es que salga la costra en esa herida.

La noticia acuchilla
lloran los poros desde los huesos.
Si no hay nombre para los padres que perdieron un retoño
ni para la cruz que se carga después de tamaña derrota.
Lo sabe también el viudo y la huérfana
que la mierda se come fría
y se traga lentamente.

II. Funesta fiesta

Pegados al asa los dedos
duros los nudillos
y el paso:
uno dos.
La lágrima estalla en el piso
acido humo de velas
las bancas de madera y sus lutos
lutos y sus corbatas
corbatas y sus vestidos lóbregos...
Y el crucificado observa desde la muralla.

Cielo dice el clérigo
el abrigo del amigo un pésame
y por el pasillo de lloronas volver:
uno dos.

Se deja la madera,
la flor cortada de raíz
en la limusina a la que ninguna estrella quiso subir.

Después,
la fila de intermitentes
a la pradera dirige su valle de lágrimas.

III. Ciudad del eterno descanso

Uno dos, uno dos
musicales tacones en el cemento
detrás Ave Marías de pañuelitos desechables
Padre Nuestros de mocos aguachentos
Glorias de salados dolores.

La niña con su alba rosa en la derecha,
aferrada la izquierda a la madre ahogada en dolor.
La carroza de pétalos coloridos
recorre la calles de la pradera
y los lutos tras de ella
mastican la amargura.

Los vecinos con lirios y molinetes bailarines
esperan al otro que busca reposo
comentando desde la tierra: “Polvo eres y en polvo te convertirás”.

IV. El duelo

Desgarrada ya
no hay hilo que remiende los jirones.
Quizá el caminar del calendario
aliviará la erosión del espíritu.
Alguno confiará, también, en sus plegarias
otro en la pastilla de la mañana
para vencer (o empatarle)
a la pesada sabana
y levantarse como un Lázaro ojeroso.

Al final,
en la memoria alegre
en el collage de años dorados
en cada aleteo de mariposa,
vivirá en el recuerdo
de aquel que un día
protagonista será de estas cuatro estaciones.

Colabora:  Álvaro Valenzuela

 

RECOMENDACIONES

 

-Pues yo sí creo en la transmigración de las almas. Vamos, mejor dicho, me da pánico pensar que no se produzca. Yo, eso de la nada, no lo entiendo. No lo entiendo y tampoco me lo puedo imaginar.
-La nada significa la inexistencia de las cosas y, por lo tanto, tal vez no haga falta comprenderla o imaginarla.

Haruki Murakami, After Dark

Colabora: Pilar Riesco


No vamos por el anís, ni porque hay que ir. Ya se habrá sospechado: vamos porque no podemos soportar las formas más solapadas de la hipocresía. Mi prima segunda, la mayor, se encarga de cerciorarse de la índole del duelo, y si es de verdad, si se llora porque llorar es lo único que les queda a esos hombres y a esas mujeres entre el olor a nardos y a café, entonces nos quedamos en casa y los acompañamos desde lejos. A lo sumo mi madre va un rato y saluda en nombre de la familia; no nos gusta interponer insolentemente nuestra vida ajena a ese diálogo con la sombra. Pero si de la pausada investigación de mi prima surge la sospecha de que en un patio cubierto o en la sala se han armado los trípodes del camelo, entonces la familia se pone sus mejores trajes, espera a que el velorio esté a punto, y se va presentando de a poco pero implacablemente.

Julio Cortázar, Conducta en los velorios. 

Colabora: Sofia Oyarzun


Cuando me llegó mi turno, sin embargo, fue exactamente eso lo que sucedió. Me quedé  de  piedra.  Enprimer  lugar,  por  haberme  muerto, algo  que  siempre  resulta inesperado, excepto, supongo, en el caso de algunos suicidas, y después por estar interpretando involuntariamente una de las peores escenas de Ghost. Mi experiencia, entre otras mil cosas, me hace pensar que tras la puerilidad de los norteamericanos a veces se esconde algo que los europeos no podemos o no queremos entender. Pero después de morirme no pensé en eso. Después de morirme de buen grado me hubiera puesto a reír a gritos.

Roberto Bolaño, El retorno.

Colabora: Elisa Trotter


A la casa del poeta

llega la muerte borracha

ábreme viejo que ando

buscando una oveja guacha


Estoy enfermo - después

Perdóname vieja lacha


Ábreme viejo cabrón

¿o vai a mohtrar I'hilacha?

por muy enfermo quehtí


Déjame morir tranquilo

te digo vieja vizcacha


Mira viejo dehgraciao

 bigoteh e cucaracha

anteh de morir teníh

quechame tu güena cacha


La puerta se abrió de golpe:

Ya - pasa vieja cufufa

ella que se le empelota y

el viejo que se lo enchufa


Nicanor Parra, El poeta y la muerte.

Colabora : Raúl Olave



Esa luna se va, y ellos se acercan. De aquí no pasan. El rumor del río apagará con el rumor de troncos el desgarrado vuelo de los gritos. Aquí ha de ser, y pronto. Estoy cansada. Abren los cofres, y los blancos hilos aguardan por el suelo de la alcoba cuerpos pesados con el cuello herido. No se despierte un pájaro y la brisa, recogiendo en su falda los gemidos, huya con ellos por las negras copas o los entierre por el blanco limo.


Federico Garcia Lorca, Bodas de Sangre.

Colabora: Elisa Ugarte


“Podía, pues, comprender mi generalidad; pero, habiéndola comprendido, huía implacablemente de ella. En la Madre había un núcleo radiante, irreductible: mi madre. Todos pretenden que mi pena es mayor debido a que viví toda mi vida con ella; pero mi pena proviene del hecho de ser ella quien era; y es por  ser ella quien era por lo que viví con ella. A la madre como Bien, ella había añadido la gracia de ser un alma particular. Yo podía decir, igual que el Narrador proustiano a la muerte de su abuela: "no me empeñaba solo en sufrir, sino también en respetar la originalidad de mi sufrimiento”; pues esa originalidad era el reflejo de lo que en ella había de absolutamente irreductible, y por ello mismo perdido de una vez para siempre. Suele decirse que, a través de su labor progresiva, el duelo va borrando lentamente el dolor; no podía, no puedo creerlo; pues para mí, el Tiempo elimina la emoción de la pérdida (no lloro), nada más. Para el resto, todo permanece inmóvil. Puesto que lo que he perdido no es una Figura (la Madre), sino un ser; y tampoco un ser, sino una cualidad (un alma): no lo indispensable, sino lo irremplazable. Yo podía vivir sin la Madre (todos lo hacemos, más o menos tarde); pero lo que me quedaba de vida sería por descontado y hasta el final incalificable (sin cualidad).“ 
 

Roland Barthes, La cámara lúcida.

Colabora: Fernanda Aránguiz


Hay cementerios solos,
tumbas llenas de huesos sin sonido,
el corazón pasando un túnel
oscuro, oscuro, oscuro,
como un naufragio hacia adentro nos morimos,
como ahogarnos en el corazón,
como irnos cayendo desde la piel del alma.

Hay cadáveres,
hay pies de pegajosa losa fría,
hay la muerte en los huesos,
como un sonido puro,
como un ladrido de perro,
saliendo de ciertas campanas, de ciertas tumbas,
creciendo en la humedad como el llanto o la lluvia.

Yo veo, solo, a veces,
ataúdes a vela
zarpar con difuntos pálidos, con mujeres de trenzas muertas,
con panaderos blancos como ángeles,
con niñas pensativas casadas con notarios,
ataúdes subiendo el río vertical de los muertos,
el río morado,
hacia arriba, con las velas hinchadas por el sonido de la muerte,
hinchadas por el sonido silencioso de la muerte.

A lo sonoro llega la muerte
como un zapato sin pie, como un traje sin hombre,
llega a golpear con un anillo sin piedra y sin dedo,
llega a gritar sin boca, sin lengua, sin garganta.

Sin embargo sus pasos suenan
y su vestido suena, callado como un árbol.

Yo no sé, yo conozco poco, yo apenas veo,
pero creo que su canto tiene color de violetas húmedas,
de violetas acostumbradas a la tierra,
porque la cara de la muerte es verde,
y la mirada de la muerte es verde,
con la aguda humedad de una hoja de violeta
y su grave color de invierno exasperado.

Pero la muerte va también por el mundo vestida de escoba,
lame el suelo buscando difuntos;
la muerte está en la escoba,
en la lengua de la muerte buscando muertos,
es la aguja de la muerte buscando hilo.

La muerte está en los catres:
en los colchones lentos, en las frazadas negras
vive tendida, y de repente sopla:
sopla un sonido oscuro que hincha sábanas,
y hay camas navegando a un puerto
en donde está esperando, vestida de almirante.

"Sólo la muerte" - Pablo Neruda

Colabora: Carolina Carril


«Todo cuanto existe en este mundo ha sido creado con un propósito y en cuanto ese propósito se cumple ya no hace falta para nada. Lo mismo ocurre con los hombres, cada hombre ha sido puesto en este extraño viaje lleno de acontecimientos llamado vida, pero todos vienen a este mundo con un propósito. una vez que cumplen su propósito, la tierra ya no necesita más de ellos. y esto es el caso de todos nosotros»

Lectura del Bhagavad Guita, Tapovan, India, Enero de 2009

Colabora: Javier Cancino


Estoy en el mundo ahora, pensó. Pero un día habré desaparecido del todo. ¿Habría alguna vida mas allá de la muerte? (...) La abuela de Sofía había muerto hacía poco. Casi a diario durante medio año había pensado cuánto la echaba de menos. ¿No era injusto que la vida tuviera que acabarse alguna vez?

En el camino de gravilla Sofía se quedó pensando. Intentó pensar intensamente en que existía para de esa forma olvidarse de que no se quedaría aquí para siempre. Pero resultó imposible. En cuanto se concentraba en el hecho de que existía, inmediatamente surgía la idea del fin de la vida. Lo mismo pasaba a la inversa: cuando había conseguido tener una fuerte sensación de que un día desaparecería del todo, entendía realmente lo enormemente valiosa que es la vida. Era como la cara y cruz de una moneda, una moneda a la que daba vueltas constantemente. Cuanto más grande y nítida se veía una de las caras, mayor y más nítida se veía también la otra. La vida y la muerte eran como dos caras del mismo asunto. No se puede tener la sensación de existir sin tener también la sensación de tener que morir, pensó.

El mundo de Sofía - Jostein Gaarder

Colabora: Pia Vidal