Colabora: Trinidad Barriga -Psicóloga clínica / Instructora de Yoga

Todo pasa, todo se esfuma, todo corre y todo desaparece. El tiempo se ubica en aquella parte de la realidad en donde se existe, pero a la vez no se existe. Porque cuando es, ya fue y cuando ya fue; dejó de existir. Lo mismo pasa con el futuro, con esa parte del tiempo irreal, que nos invita a imaginar lo que no existe, en términos realistas. Pero más allá de lo que no existe, aparece esa parte del tiempo que sí existe, con esos efímeros minutos y segundos que configuran el poder del presente y el poder del ahora mismo. A veces pienso, que pasaría si no existiera pasado ni futuro… si sólo fuéramos el ahora, sólo serlo, sólo respirar, sólo sentir o sólo movernos.

Bajo esta premisa se ubican aquellos pacientes desahuciados de un cáncer a los que no sólo les ha arrebatado el cabello y su cuerpo vigoroso, sino también sus fuerzas, proyectos, vitalidad y lo más importante de todo: su esperanza. Cuando las radiografías evidencian lo peor, cuando la metástasis ya se ha apoderado de todo, cuando las quimioterapias no hacen más que debilitar, también se ha perdido la esperanza terrenal, abriéndole camino a la esperanza de ir al encuentro con lo que algunos consideran la verdadera paz.

Morir está enmarcado bajo un título llamado “Tabú”. Sabiendo que la muerte es inherente al hombre, sabiendo que está frente a nosotros, no hacemos más que enfrentarnos a ella como si estuviéramos mirando hacia sol. Su inminente presencia nos acompaña desde allá lejos, pero la incertidumbre que trae su llegada, hace que no seamos capaces de mirarlo de frente, peleando nuestros ojos por esquivarla, como quien esquiva el sol con la mirada.

No sólo el acercamiento a nuestro propio sol nos impide mirarlo fijamente, sino que también el de los otros nos niega la visión. Este es el caso que le suele pasar a los pacientes moribundos, estando ellos más cerca de su sol, el resto se tapa los ojos con más fuerza: evitan sus preguntas y sospechas y además los llenan de regalos, los cuales no son más que sustitutos de una partida que no se les ha permitido experimentar. Por último, qué mejor ejemplo que el tratar de hacer parecer vivo a aquel que está ya muerto… “Que en su funeral esté maquillado, con su traje de gala, y bien arreglado”, piensan algunos, como si al muerto en ese momento le importara algo.

La misma imagen se puede ver en los pasillos de los hospitales, en donde en muchas ocasiones no sólo los médicos intentan retener al paciente, sino que es su propia familia la que no les permiten emprender el vuelo. Los deseos narcisistas de retenerlo no van en beneficio de su propia libertad, sino más bien en un beneficio hacia nosotros mismos; evitar confrontarnos con la posibilidad de dejar de existir y el dolor que esto implica. Desde la perspectiva de los médicos, podría traducirse en la desesperada demanda de hacer hasta el final un trabajo “bien hecho”, sin importar si ese trabajo no considera al otro como un ser humano con derecho a opinar sobre su propia vida.

Son este tipo de pacientes los que han logrado por fin la utópica premisa budista de vivir el presente, ya que no saben si tendrán un mañana para poder planear su futuro. Después de haber pasado por el miedo, la negación, la rabia y la aceptación, aparece la esperanza. La ilusión de encarnar un milagro de sanación se transforma en la experiencia de haber alcanzado el milagro final; estar preparado y sin miedo de ir al encuentro de ese maravilloso, poderoso y radiante sol que yace encima de nosotros mismos.

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