Colabora Pablo Cuellar B. - Periodista

¿Cuántas veces escuchamos la palabra “muerte” en nuestra vida? ¿Cien? ¿Mil? ¿Un millón de veces? Parece tan común, tan insípida, o quizás tan lejana, que simula un vocablo más del diccionario o un simple contrapunto a todo aquello que llamamos vida. Incluso, llegamos hasta a desearle a otro la muerte, que se pudra, que se vaya al infierno, pero sin siquiera saber lo que eso realmente significa, sin siquiera entender todo lo que eso conlleva. 

Sin embargo, hay un momento en esta puta vida, que de repente todo parece enseñarte a entenderlo. Más aún, a sentir este proceso. Y entonces te rodea con nuevas palabras, cada cual más intensa y violenta. Tuberculosis, Diabetes, Infartos, Accidentes, Sida… Cáncer. ¿Se han dado cuenta lo escalofriante que es la palabra Cáncer? Probablemente, las cifras de fallecidos por esta enfermedad te ponen alerta o te impactan. Pero sólo entra verdaderamente en tu vida cuando alguien de tu familia o muy importante para ti la padece. Cuando ves que su cara y su cuerpo se comprimen y deterioran. Cuando notas que la debilidad sí existe en tu viejo o en tu amiga querida. Y cuando tu cabeza da vueltas eternas, intentado exculparte por no haber pasado mucho más tiempo con cada uno de ellos. 

Entonces es ahí cuando tu mundo también cambia. Cuando las prioridades se mueven como una montaña rusa. Cuando te das cuenta de que toda la felicidad no está en las cosas, sino en los momentos. En el tiempo. En cada segundo que uno desperdicia mirando el celular o jugando a ser el más exitoso de este mundo. Estúpidas nimiedades que el mercado y la sociedad nos siguen metiendo en la cabeza.

Claro, muchos nos dirán que es parte del proceso de la vida. Que mientras unos mueren, otro nacen. Pero el dolor es inconmensurable. Ver sufrir a alguien amado es uno de los peores castigos que uno puede tener en este mundo.

Eso sí, no hay que ser egoístas. Nuestro dolor no es el que más importa. Nuestro sentimiento, por más cruel e intenso que sea, debe estar siempre en un segundo plano. Porque si ver sufrir a otro ya es horrible, mucho más lo es para aquél que padece. Para aquél que un día se despierta y siente que su cuerpo ya no responde a los estímulos del pasado, que sus piernas están hechas del papel más frágil y perecedero, y que su corazón late con una calma cada vez más angustiante. Es ahí cuando la muerte entra en su vida y también en la tuya. Cuando esa palabra deja de ser entonces tan común, tan insípida, y tan lejana. Cuando la MUERTE se convierte, de repente, en esa pavorosa sensación de no poder hacer nada.

 

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